foto de la estatua de un filósofo

En una ocasión, mientras estudiaba la carrera de filosofía, un profesor con una dilatada trayectoria nos dijo que él no se consideraba filósofo, sino profesor de filosofía. Al profesor de filosofía le correspondía una función explicativa, interpretativa y divulgadora, mientras que el filósofo era aquel sujeto capaz de fundar un pensamiento propio y perdurable que ofrecía la posibilidad de comprender el mundo. A menudo me he preguntado si aquella declaración respondía a un encomiable ejercicio de humildad personal o si podía interpretarse más bien como una censura que se arrogaba el derecho de decidir quién merecía ser considerado filósofo. ¿Por qué esa división ideológica entre filósofos y profesores de filosofía? ¿Qué condiciones son necesarias para elevar a alguien a la categoría de filósofo? ¿Acaso hace falta ser Aristóteles, Descartes o Kant para ser reconocido como tal?

Hay una cierta resistencia académica a usar el término filósofo para referirse a personas cotidianas. Se basa en un prejuicio elitista muy arraigado entre los propios filósofos. Fue Platón quien acotó el espacio filosófico. Con la fundación de la Academia, aproximadamente en el año 387 a. C., la filosofía deja de practicarse en los lugares públicos, como hacía Sócrates en plazas y mercados. Salvo algunas excepciones, pasa a ejercerse en espacios privados con acceso limitado a una minoría. Durante la Edad Media, los filósofos son eminentemente religiosos con escasa actividad pública, excepto la docencia en las universidades, que en Occidente surgen precisamente en aquella época. En la Modernidad, casi siempre son miembros de familias nobles o burguesas o bien profesores universitarios que se dirigen a un público culto minoritario perteneciente a la aristocracia o la burguesía. Cuando se atreven a defender públicamente ideas políticas comprometidas, se les excluye de la actividad académica, como ocurrió con Marx. A lo largo de los siglos XIX y XX, casi todos los filósofos hoy presentes en los manuales de texto y los libros de historia de la filosofía estaban vinculados a la academia, bien como profesores o como investigadores.

La universidad funciona como una institución que no solo restringe el acceso a la filosofía, sino que además establece su contenido y forma. Delimita quién es filósofo, qué es la filosofía y cuál es su papel en la sociedad. En la universidad, el filósofo tiende a volverse docente, burócrata e investigador al servicio del neoliberalismo universitario, que lo obliga a producir papers como rosquillas para saciar a las agencias de acreditación. Temas como la desigualdad social, la mercantilización de la vida cotidiana o el desprecio de unos seres humanos por otros quedan supeditados al estudio de los autores y los conceptos consagrados por el canon vigente. En lugar de practicar la filosofía como actividad inquietante y compleja que estimula nuestra capacidad de interrogar, de luchar y nos invita a cambiar, la filosofía académica se reduce, sobre todo, a historia de la filosofía, y en concreto, dada su marcada tendencia eurocéntrica, a la historia protagonizada por ciertos varones blancos occidentales. Somos, así, herederos de un concepto aristocrático y empobrecido que convierte la filosofía en una disciplina ensimismada que a menudo guarda silencio frente a un orden social injusto.

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