imagen de una manifestación con la pancarta la educación es un derecho

Gracias a los estudios económicos y sociológicos que periódicamente se publican sobre la desigualdad social podemos conocer bien las dimensiones de ésta y su evolución, tanto a escala local, como regional y mundial. El ensanchamiento de los sectores medios de la clase trabajadora en el capitalismo moderno, anterior a la década de los ochenta del siglo pasado, describía, gráficamente, la distribución de los recursos sociales y económicos que por entonces aún se concentraban en estos sectores. Sociólogas como Saskia Sassen han analizado los cambios posteriores que originaron el estrechamiento, y con ello el proceso de desclasamiento, que dichos sectores experimentan hoy en sus propias carnes como efecto de la concentración de los recursos en los sectores superiores de la pirámide social. Estas nuevas condiciones surgidas en el capitalismo avanzado, empujan a los sectores medios de la clase trabajadora hacia abajo, en un proceso gradual de competición social contra el que deben desplegar todo el arsenal de recursos económicos y culturales de los que puedan disponer si quieren mantenerse por encima de la brecha de demarcación que separa a aquellos que consiguen subsistir entre los privilegiados, de los que son desplazados hacia las semiperiferias y  periferias sociales.

Aunque menos frecuentes, algunos estudios también nos permiten conocer el día a día de los mecanismos a través de los que la desigualdad social logra reproducirse intergeneracionalmente. De estos mecanismos, entre los más analizados encontramos la propiedad y la riqueza, entre los directos, y la educación entre los indirectos. Gracias a la tesis meritocrática, surgida en la década de los 70 del siglo XX, las democracias liberales han inferido una relativa independencia de este último respecto de los dos anteriores, sin embargo, debido a que los bienes credenciales basados en los títulos de educación superior que dan acceso a las mejores posiciones en la estructura ocupacional resultan altamente costosos en tiempo y dinero, dichas tesis se hallan, desde su aparición, abiertamente cuestionadas.

Dicho de una manera algo abstracta, el sistema universitario es una parte más dentro de lo que podríamos denominar el organigrama funcional-estructural que es, tal y como se comprende hoy, el sistema educativo en su conjunto, claramente sobreestimado como vía de selección y distribución de los individuos dentro de la jerarquía de posiciones socioeconómicas que da forma a las sociedades liberales en el capitalismo avanzado. No podemos entrar en detalle aquí, pero de forma sintética, la crítica fundamental a esta visión liberal de la educación, dominante en Europa durante los últimos 60 años, se concentra, precisamente, en el hecho de que se haya reconvertido al sistema educativo en instrumento legitimador de las desigualdades estructurales, de creciente intensidad, sin duda, durante las dos últimas décadas.

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